Mi primera vez en el Azteca
Ya era hora de analizar al homo sapiens en una de las actividades que más le gusta realizar en sus ratos de ocio: ver el fútbol. Así que eche a andar y me dirigí al habitat natural en donde desde tiempo inmemorial tal acto se lleva a efecto: el estadio de fútbol. Experimentar dicha actividad por medio de cualquier aparato de comunicación no es lo mismo que presenciarlo de forma directa y sin tener que escuchar las pavadas que acostumbran decir los ridículos comentaristas de hoy.La cita fue a las dos de la tarde en el sur de la ciudad con un experto aficionado al fútbol. Las dos horas y media previas al partido pronto se convirtieron en una eternidad, que aumentaba al ver que el Coloso de Santa Úrsula ni de chiste se llenaría con los entusiastas seguidores. Y es que no era nada estimulante asistir a un juego América-Puebla, cuando le vas a los Pumas, y menos cuando luego te enteras de que fue el partido más aburrido de la temporada.
Por fin, los jugadores salen a calentar y mi alto nivel de miopía me impide distinguir el número de camiseta que llevan. Sin embargo, mi acompañante se empeña en explicarme quién es quien en la cancha; nunca entendí para qué, de todos modos no los conozco y no sabría identificarlos.
En las tribunas fieles seguidores americanistas se mezclaban con los pocos PIPOPES perdidos en esta ciudad (algunos venidos de Puebla exclusivamente para presenciar el partido). Es curioso, pero yo pensaba que dentro del estadio no se estilaba que la gente de un equipo se sentará junto a los que apoyan al equipo contrario. Lo cierto es que en la fila de enfrente había una familia de cinco integrantes: mientras que la matriarca y dos de sus chicos le van al América, el padre y el hijo mayor apoyan al Puebla. Lo que sí me queda claro es que esa convivencia tan civilizada no ocurre en las barras que apoyan a cada equipo; sobre todo porque al medio tiempo en la barra del azul-crema ya se estaban armando los putazos entre ellos.
Poco a poco el entusiasmo se acrecienta y los gritos en las tribunas se hacen más ofensivos, de todos modos a nadie le importa lo que se grite. Llega el medio tiempo en donde se hacen colas interminables para entrar al baño después de varias cervezas en el cuerpo, y luego el silbatazo que anuncia el inicio del tiempo complementario. Ya con los ánimos un poco caldeados de tanto alcohol que pasa de mano en mano, y que por cierto es muy caro y sabe a miados, ya no queda de otra más que dar patadas y gritos de ahogado ante la inminente realidad del marcador final.
El silbatazo final llega después de 94 minutos de juego, en los cuales no se concretó ningún gol.
¡Carajo, vine hasta acá y ningún equipo demostró de qué calibre está hecho!






